sábado, 25 de octubre de 2025

El síndrome postuniversidad

 Hace dos meses me gradué de la universidad, lleno de esperanza y con las ganas de comerme el mundo.

Pero ahora, a tan poco tiempo de haberlo logrado, siento que estoy estancado. Y sí, sé que ha pasado poco, pero me cuesta dimensionar cómo son las cosas ahora. El mundo después de la universidad es tan distinto al que conocía mientras estudiaba.

Durante la carrera, mi única preocupación era aprobar materias, estudiar para los exámenes y entregar los trabajos. Visto desde hoy, eso parecía fácil. Pero ahora, sin un empleo y con tanto tiempo libre, me invade la frustración.

La verdad, pensé que sería más sencillo.
Una parte egoísta de mí decía:

“Te graduaste con honores, en una universidad acreditada en alta calidad, con una tesis premiada. El siguiente paso será pan comido.”

Y no. No ha sido nada fácil.
He enviado decenas de hojas de vida a empresas en las que me encantaría trabajar, pero no he recibido ni una sola llamada. Ni siquiera un “gracias, pero no”. Silencio total.

Intento tranquilizarme. Analizo las variables: la alta demanda de profesionales, las pocas vacantes, y el hecho de que sin un posgrado parece casi imposible destacar.
Y claro, me encantaría estudiar uno, pero los costos son abrumadores. Sin un trabajo fijo, pagar un posgrado se vuelve un sueño lejano.

Aun así, trato de repetirme que soy joven, que las oportunidades llegan cuando deben. Pero hay días en los que quiero avanzar ya.
Antes de graduarme, tenía todo planeado: conseguir mi primer trabajo, empezar la maestría, abrir mi consultorio, enseñar en una buena universidad. Fácil, ¿no?

Bueno… parece que ese plan tendrá que posponerse por tiempo indefinido.
Mientras tanto, aquí estoy: buscando, esperando, deseando con todas mis fuerzas que llegue esa oportunidad que tanto anhelo.

Así que, si tú también te has sentido así, ánimo. No estás solo.
Te envío un abrazo enorme y toda la fuerza del mundo.
Ojalá el destino —y un poco de suerte— también jueguen a nuestro favor.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Los comentarios pasivo-agresivos

 Todos hemos recibido el típico comentario de algún familiar: “¿Estás más gord@?” o “¡Qué flac@ estás!”.

Y justo eso me pasó hoy. Compré un protector solar y mi mamá, sin pensarlo mucho, dijo:

“¿Por qué compras eso tan caro si no tienes la cara bonita?”

Hace algunos años, ese comentario me habría destrozado. En mi adolescencia tuve serios problemas de acné, y en el colegio sufrí mucho por las burlas. Recuerdo que llegué a irritar mi piel de tanto lavarla con jabones “antiacné” que no servían para nada. Más tarde tuve que someterme a tratamientos fuertes, con consecuencias físicas y emocionales.

No creo que la intención de mi mamá haya sido ofenderme, pero muchas veces dejamos pasar este tipo de comentarios con la excusa de que “no lo dijo con mala intención”. Aun así, ¿por qué debemos ser nosotros quienes callemos y no quienes hacen este tipo de comentarios?

Si eres de las personas que suelen decir cosas así, déjame recordarte algo:
Es obvio que sabemos lo que pasa en nuestro cuerpo. Sabemos si subimos o bajamos de peso, si tenemos acné o si nos salió un brote nuevo. No necesitamos que nos lo recuerden.

Y si, en cambio, tú has sido quien ha recibido este tipo de comentarios, quiero decirte que la única opinión que vale es la tuya. Puede sonar cliché, pero es real. Solo tú puedes juzgar tu cuerpo, y ojalá lo hagas desde la amabilidad:

“Siento que he subido de peso, quiero mejorar mi alimentación”
o “Voy a cuidar más mi piel porque lo necesito”.

Desde que entendí el daño que pueden causar los comentarios pasivo-agresivos, suelo compartir una regla simple:
La regla de los cinco segundos: si vas a comentar algo sobre el cuerpo de alguien, pregúntate si esa persona puede cambiarlo en cinco segundos. Si no puede, ¡no lo digas!.

Nunca sabes qué batalla está librando alguien más. Esa persona ya se ha visto en el espejo y sabe perfectamente lo que pasa con su cuerpo.

Por eso, deja de hablar de cuerpos ajenos. En muchos casos, eso también es una forma de violencia.
Sé amable. En serio, no te cuesta nada. Y muchos te lo van a agradecer.

miércoles, 1 de octubre de 2025

¿Realmente la infancia define tu vida?

Esta es una pregunta que ha acompañado a la humanidad desde siempre. El psicoanálisis —con todas sus luces y sombras— planteaba que todo ocurre en la infancia. Y aunque no todo en esa teoría sigue vigente, lo cierto es que esta etapa marca profundamente quiénes somos y cómo enfrentamos lo que viene después. A veces no lo notamos, en especial cuando hemos sido criados en una burbuja y, de repente, la adultez la rompe en pedazos. Entonces quedamos ahí, sin idea de qué hacer.

Quiero detenerme en algo muy concreto: los problemas familiares. No hablo solo de los más graves —como la violencia física o psicológica, que siempre debe denunciarse y buscar ayuda—, sino de esos conflictos que parecen “menores”: las discusiones, los malentendidos, esas tensiones que se normalizan pero que pesan. Y dentro de todo esto, me interesa hablar de algo que muchas veces callamos: los problemas entre hermanos.

Si creciste con hermanos, sabes que las discusiones son parte de la vida. Al principio eran cosas simples: un juguete, una prenda de ropa, un lugar en la mesa. Pero en la adultez todo cambia. Las peleas ya no son por objetos; a veces estas peleas ni siquiera parecen que fueran con tu hermano, sino con un extraño. Lo desconoces. Y lo duro es que sufres por ti, pero también por él, porque duele verlo mal y al mismo tiempo no poder ayudar.

Lo más triste es que el diálogo —ese recurso tan sencillo en teoría— muchas veces no basta. Y en los peores casos, lo único posible para preservar la estabilidad propia es alejarse. Suena duro, porque implica poner un límite en un vínculo que parece intocable: la familia. Pero a veces es necesario. Al final, si no cuidamos nuestra paz, terminamos atrapados en un ciclo de conflictos que se repite generación tras generación, igual que lo vimos en nuestros tíos o abuelos.

Alejarse puede ser doloroso, sí, pero también puede ser un acto de amor propio. Un respiro en medio de un círculo vicioso que te asfixia. Y ahí, entre esa distancia, surge inevitable la pregunta que se queda rondando como un eco:

¿Qué nos pasó?

La trilogía Los Extraordinarios — crecer también es un superpoder

Los Extraordinarios es una trilogía escrita por T. J. Klune. Está compuesta por Los Extraordinarios, Flash Fire y Heat Wave. En ...